En el Cementerio


Rogelio iba y venía hasta el portón de la casa, echando las miradas hacia las oscuras calles cercanas, tratando de distinguir entre las sombras de los caminantes, alguna que correspondiera a la de su hermano. Pero este no aparecía por ningún lado. Se quedó entonces pegado a la ventana, para seguir vigilando y fue entonces que escuchó la conversación de dos chicos que pasaban; los abusivos estaban burlándose por haber dejado a José, el hermano de Rogelio desmayado del susto en medio del panteón, lo habían tomaron por la fuerza y lo llevaron ahí con los ojos vendados, su sorpresa fue tremenda al quitarse el trapo de la cara y descubrirse solo en tan aterrador lugar, así que se desplomó. Sigue leyendo

Una chica con suerte

En el nuevo trabajo de mi padre organizaron un fin de semana familiar en el campo. Colocaron a todos los chicos en una cabaña y las chicas en otra y nos enviaron a dormir temprano, mientras ellos aún se divertían. El clima era sofocante, así que abrimos las ventanas de par en par, aunque tuviésemos que soportar el escándalo que hacían los viejos en el salón a tan solo unos metros de distancia.

Para que el momento fuera más llevadero, nos pusimos a saltar sobre las camas, gritando nuestras canciones favoritas con fuerza, y así aplacar el sonido de aquellas aburridas canciones que escuchaban nuestros padres.

De pronto una de las chicas grito: -alguien viene- y todas nos tiramos pecho a tierra, volvimos a nuestras camas fingiendo estar dormidas, y esperamos que entraran a reprendernos, pero, nadie entró por la puerta, nos levantamos para reclamar a la niña que abrió la boca, pero todas nos llevamos una sorpresa, al ver por la ventana, efectivamente notamos a una persona en la lejanía; pero no estaba acercándose, solo estaba ahí inmóvil, poniendo más atención, nos dimos cuenta que en realidad flotaba, pues no había manera de pararse en medio del rio.

Los gritos entonces fueron de verdad, unas niñas quedaron petrificadas, y otras intentaron salir, y fue entonces cuando aquella señora vestida con su vaporoso vestido blanco, lanzó el grito más aterrador que he escuchado en mi vida, y emprendió el vuelo hacia nosotras. Debo confesar que yo no soporté y caí desmayada, pero la mitad de mis compañeras terminaron en instituciones mentales, solo hablando de unos aterradores ojos, tan vacíos y negros como la nada, decían tener impregnado en su cuerpo el aliento fétido de aquella aparición… ¡qué suerte tuve yo!.