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Cuento corto del rey oportunista

Cuento corto del rey oportunista

Había una vez en un lejano pueblo un castillo y una reina que estaba muy enferma. Lo que más le preocupaba a la soberana no era abandonar el trono, sino dejar a su hijo desamparado.

Al no tener familia, esto era un problema, ya que el linaje de su vástago se perdería y los demás monarcas no lo respetarían como tal. Por eso pensó que debía casarse con un soberano que estuviera dispuesto a velar por su pequeño.

Los candidatos fueron varios, pero la mayoría de ellos ya eran personas bastante mayores, con lo que la reina pensó que el único candidato factible sería el rey Huberto, monarca de un condado vecino.

La gente en el pueblo había escuchado varios cuentos cortos que afirmaban que Huberto, no era más que un estafador al que solamente le interesaba llegar al poder para hacer cosas indebidas. Sin embargo, esos rumores no pudieron ser confirmados por nadie cercano a la corte.

El día de la ceremonia llegó y todo el reino estaba listo para darle la bienvenida al nuevo rey. Ambos monarcas ya casados, salieron al balcón del castillo y saludaron a la concurrencia.

Sin embargo, en la torre más alta, se hallaba el joven príncipe llorando amargamente su desdicha. La reina al enterarse de tal asunto, fue a verlo y le dijo:

– ¿Qué te ocurre hijo?

– Nada madre, es sólo que tengo miedo que cuando tú mueras, yo sea desterrado.

– ¿Por qué estás diciendo esas cosas?

– Varios de los cortesanos, se me han acercado a decirme que Huberto tiene interés en el trono y que una de sus primeras decisiones será alejarme de aquí en el instante en el que tú dejes este mundo.

– Eso nunca pasará hijo mío, te lo aseguro.

No bien la reina había concluido esa frase, cuando cayó fulminada a causa de un ataque cardiaco.

Pocos días después, el rey Huberto mandó al príncipe al calabozo y esperó a que le informarán de su muerte. Sin embargo, uno de los guardias lo dejó escapar y éste fue a la alcoba del monarca para matarlo, clavándole una espada en el corazón.

El hombre de cera

El hombre de ceraLos museos recogen piezas interesantes o culturales de algún tema en particular. Sin embargo, un tipo de estos es el que se lleva la inmensa mayoría de las historias aterrorizantes.

Obviamente estoy hablando de los museos de cera, en donde personalidades de toda índole son recreados en este material, para ser exhibidos al público.

Hay algunos muy famosos, los cuales han sido visitados por los personajes de carne y hueso, quienes le dan el visto bueno a su “doble inanimado”.

El cuento de terror corto que estoy a punto de compartirles trata sobre una de estas figuras. Nadie supo de dónde ni cómo llegó ahí. El caso es que un día apareció un hombre de cera vestido con un traje oscuro y un rostro pálido similar al de los vampiros.

Los encargados de mantenimiento, al notar su desmejorado semblante, decidieron ubicarlo en la sala de cuento de terror, pues ahí no desentonaría. Lo colocaron entre el jinete sin cabeza y la momia.

Lo curioso era que por la mañana, el hombre de cera aparecía en otro lugar del museo. A veces en un pasillo, otras tantas en una sala superior, en el sótano etcétera.

Leopoldo (encargado del sistema de circuito cerrado del recinto) creyó que sus camaradas le estaban jugando una broma pesada. Revisó todas las cintas de vídeo y no encontró nada anormal.

– Esa figura me está volviendo loco. La veo por todas partes. Decía.

Aparte de eso, lo que más le molestaba era que él tenía que colocarla de nuevo en su lugar a diario. Esa situación fue minando su salud hasta que tomó la decisión de deshacerse del hombre de cera de una buena vez. A fin de cuentas, nadie echaría de menos una estatua intrascendente.

Rompió al hombre en pedazos y lo llevó a los hornos, para que la cera se derritiera. Estuvo presente ahí hasta que concluyó el proceso. Colocó el líquido en un recipiente de vidrio templado y lo dejó ahí.

Al día siguiente, la figura del hombre de cera apareció en su oficina, como si nada hubiera pasado. Leopoldo perdió la razón y se quitó la vida arrojándose desde un balcón.

Una chica con suerte

En el nuevo trabajo de mi padre organizaron un fin de semana familiar en el campo. Colocaron a todos los chicos en una cabaña y las chicas en otra y nos enviaron a dormir temprano, mientras ellos aún se divertían. El clima era sofocante, así que abrimos las ventanas de par en par, aunque tuviésemos que soportar el escándalo que hacían los viejos en el salón a tan solo unos metros de distancia.

Para que el momento fuera más llevadero, nos pusimos a saltar sobre las camas, gritando nuestras canciones favoritas con fuerza, y así aplacar el sonido de aquellas aburridas canciones que escuchaban nuestros padres.

De pronto una de las chicas grito: -alguien viene- y todas nos tiramos pecho a tierra, volvimos a nuestras camas fingiendo estar dormidas, y esperamos que entraran a reprendernos, pero, nadie entró por la puerta, nos levantamos para reclamar a la niña que abrió la boca, pero todas nos llevamos una sorpresa, al ver por la ventana, efectivamente notamos a una persona en la lejanía; pero no estaba acercándose, solo estaba ahí inmóvil, poniendo más atención, nos dimos cuenta que en realidad flotaba, pues no había manera de pararse en medio del rio.

Los gritos entonces fueron de verdad, unas niñas quedaron petrificadas, y otras intentaron salir, y fue entonces cuando aquella señora vestida con su vaporoso vestido blanco, lanzó el grito más aterrador que he escuchado en mi vida, y emprendió el vuelo hacia nosotras. Debo confesar que yo no soporté y caí desmayada, pero la mitad de mis compañeras terminaron en instituciones mentales, solo hablando de unos aterradores ojos, tan vacíos y negros como la nada, decían tener impregnado en su cuerpo el aliento fétido de aquella aparición… ¡qué suerte tuve yo!.