En el Cementerio


Rogelio iba y venía hasta el portón de la casa, echando las miradas hacia las oscuras calles cercanas, tratando de distinguir entre las sombras de los caminantes, alguna que correspondiera a la de su hermano. Pero este no aparecía por ningún lado. Se quedó entonces pegado a la ventana, para seguir vigilando y fue entonces que escuchó la conversación de dos chicos que pasaban; los abusivos estaban burlándose por haber dejado a José, el hermano de Rogelio desmayado del susto en medio del panteón, lo habían tomaron por la fuerza y lo llevaron ahí con los ojos vendados, su sorpresa fue tremenda al quitarse el trapo de la cara y descubrirse solo en tan aterrador lugar, así que se desplomó.

El pobre de Rogelio, palideció al saber la suerte de su hermano y salió a prisa escondiéndose de su madre, cuando llegó a la esquina del cementerio se detuvo y contempló el lugar, en realidad le provocaba miedo, para empezar aquellos muros sucios y desgastados, en cuyo interior resguardaban una maraña de estrechos pasillos, oscurecidos por las sombras de frondosos árboles que con soplar del viento, parecían cantar tenebrosas canciones y moverse tétricamente al ritmo de ellas.

Respiró hondo y se dispuso a saltar la cerca, pero una tenue voz de niña le avisó –No es por ahí Rogelio-, el chico miró para todos lados sin encontrar a quien pronunciaba tales palabras… de nuevo puso su pie en la reja –Por ahí no Rogelio- dijo otra vez la niña, entonces el chico preguntó: –¿Y porque no he de pasar por ahí?-, hubo un minuto de silencio, y luego una pequeña niña se materializo frente a él, dentro del cementerio; la traslucida chiquilla estaba cabizbaja y con tristeza susurraba: -Si saltas por ahí, vas a pisar mi tumba, y no quiero que rompas mi lápida-.

Rogelio, perdió todo el color de su rostro y corrió con todas sus fuerzas, lo mismo hacia su hermano y en un punto se encontraron para volver juntos a casa y jamás volver a hablar del tema.

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